9:58 PM
Veneranda Mendoza.
Hoy, hace un año, el Universo me dio una nueva oportunidad. Estuve allí. Sí, en el puente de La Concordia al momento del pipazo.
Pasaban las 14:00 horas, niños con sus mamás, adolescentes y jóvenes iban o regresaban de la escuela, yo volvía de una conferencia de prensa en Ecatepec.
Salí de la estación del Metro Santa Martha, tomé el puente peatonal para pasar al otro lado de la vialidad, esa carretera que une la Ciudad de México con Los Reyes La Paz, en la cuchilla que forma con Ignacio Zaragoza, para recoger los resultados de unos análisis clínicos.
Delante mío, una señora con bastón caminaba lentamente. Pensé: «no tengo prisa, puedo ir a su paso». Después, ella bajó a la lateral de la carretera. Yo seguí sobre el puente peatonal que cruza al otro lado.
Primero se escuchó un estruendo, voltee a mi derecha. Bajo La Concordia una nube comenzaba a crecer, supuse era el polvo, muy blanco, eso sí, que levantó el desplome de alguna estructura.
La nube, angelicalmente blanca, se expandió rápidamente. Nadie parecía darse cuenta porque no hubo un olor característico que nos alertara. Un joven caminaba apenas delante mío. «Algo explotó», le dije, señalando a donde la nube no dejaba de crecer.
Quizá por aquello a lo que llaman corazonada, me dije: «algo no está bien!», y cuestioné -tal vez reproché-: «Dios mío, no puedo creer que me hayas traído en este momento y a este lugar a morir!»
Para esos instantes la nube se había elevado ya por encima del puente peatonal por el que caminaba y casi era tan grande como la estructura de La Concordia. Inmediatamente después pareció detenerse. Quizá era la respuesta del cielo a mi pregunta; en realidad pudo ser la implosión, pero para entonces no lo sabía.
Sin más tiempo para especular, ese blanco inmaculado se transformó en una gran bola de fuego, y ni siquiera reflexioné si huir me quedaba más cerca hacia atrás o hacia adelante, de cualquier manera, estaba en medio del puente peatonal y la gran bola de fuego quedaba a mi lado.
Por un momento quise regresarme a auxiliar a la mujer del bastón, pero la temperatura por la combustión, que imagino puede compararse al calor del infierno, me hizo retractame. Corrí hacia donde la costumbre, hacia delante.
Y mientras bajaba por las escaleras, lo más rápido que pude para no resbalar, incesantemente pedía: «que no me alcancen las llamas, que la onda expansiva no me llegue!»
Abajo, algunos corrían, otros asomaban, lloraban unos más, había crisis nerviosas. Yo temblaba. Fuera de los laboratorios, una intendente convulsionaba. Dentro de mí, todo se detuvo.
Llamé a Jorge, de cualquier manera, él conoce bien la zona. Tartamudeando alcancé a comentarle que algo había explotado, él pensó en una gasera aledaña y yo me quedé con esa idea. Por eso, al escuchar estallidos menores subsecuentes, me fui alejando, caminando como zombie, en automático, tratando de evadir lo que con esas referencias pudo tratarse de otro San Juanico. Humanamente no pude quedarme a documentar los estragos. Instinto de supervivencia, le llaman.
En las inmediaciones todo era (sigue siendo) tanques de gas de los puestos de comida, una gasolinera en Ignacio Zaragoza, otra sobre la carretera a Los Reyes, una Universidad, la estación del Metro, el trole y el Cablebús, dos que tres gaseras… una bomba.
Y así caminé y caminé sin poder detenerme, sin cansarme ni sentir mis pies.
Una hora después encontré una panadería. No tengo ninguna prueba científica para sustentar que un bolillo ayuda a superar el susto, pero lo necesitaba.
El panadero tenía el televisor encendido y sólo alcancé a preguntar con voz entrecortada: «Fue la gasera?» Él me contestó que aparentemente habían sido dos pipas y sentí un poco de alivio porque entonces quise creer que el número de víctimas quedaría en un solo dígito, los tripulantes de las dos unidades.
Cuando llegué a casa seguía en calidad de bulto, tanto así que me dieron un té amargo para la impresión, ajenjo, creo.
Cuando comenzaron a circular los videos del desastre y empecé a dimensionar su magnitud, supe que fui una favorita de los Dioses, cobijada por las alas de mis ángeles. Desde entonces, mi fé, que era del tamaño de un grano de mostaza, se volvió un garbanzo de a libra.
Y no fue fácil superarlo. Ese día no supe ni lo que redacté. Dos meses estuve atorada en el seguimiento hasta que me dije: «Basta, no es sano!» Pero hoy todavía le tengo reserva y cierto miedo a las pipas.


















